sábado, 16 de enero de 2016

Día uno de mi segunda vida.

20/3/2015

Seiscientos veinticuatro años desde que mi madre dio a luz a su segunda y última hija. Seiscientos veinticuatro años debieron pasar para que ésta muriese. Seiscientos veinticuatro años viví. Parecía imposible, pero en marzo de 2015, morí. Y si morí siendo "inmortal", ahora que ya no lo soy tengo más probabilidades de dejar la vida para siempre.

Eso nunca había importado hasta que una vida más valiosa que la mía comenzó a depender de mí. En un principio eran dos, pero al final se quedó en una.

Quiero que mis vivencias, mis palabras, queden grabadas en algún sitio para la posteridad. No creo que haya mejor sitio que un papel en blanco. Que el vacío se llene de palabras, que al final son ellas las únicas que pueden salvarnos. 

A partir de ahora comienza una nueva vida. Así quiero tomármela. Dejaré el pasado atrás, pero no tengo pensado enterrarlo. Quiero pasearme por él siempre que me apetezca. Dejarme allí el dolor. Saber que está muerto pero que todavía puedo sentirlo. No sé si me explico. No quiero seguir anclada en lo acontecido porque entonces nunca podré disfrutar de lo que está por acontecer. 

Ahora que soy humana quiero vivir la vida que, desde el momento en que nací, jamás se me había permitido tener.

En este primer día de mi segunda vida, quiero hablaros de mi muerte.

Bueno, yo misma me llevé a mi propia muerte. Siempre he considerado la familia como el pilar central de la vida, ese que si se derrumba es prácticamente imposible de reconstruir y desmorona, al mismo tiempo que cae, toda tu vida; daños irreversibles, de esos sabemos todos.

Creo que ese afán de dejar a un lado mi patente y posesiva soledad, me llevó a tener la sensación de que algo se nos había perdido en mi ciudad natal. Confié demasiado en una casualidad en la que nunca había creído, y eso me llevó a un trágico destino que no tuvo el desenlace esperado gracias a mi hijo, Vincent, y a una persona a la que siempre guardé cariño y ahora también gratitud: Belltrice Svrokét.

Tampoco puedo olvidar la relevante y decisiva labor de Armin Van Derwall, hijastro de mi secuestrador. Se rebeló y sacrificó por una buena causa. A él también le debo la vida, aunque ahora mismo se encuentre en el hospital, luchando por su vida. La verdad es que fue muy duro ver a su propio padre, la persona a la que siempre le había guardado una lealtad totalmente ciega, apretaba el gatillo sin pestañear. 

Sé que Armin no lo hizo sólo por salvarme de una muerte segura... También lo hizo por él. Por la verdad, por la justicia. Quizá, cuando despierte y esté lo suficientemente fuerte como para hablar del asunto, me ayude a completar mi historia, me ayude a atar todos los cabos que siguen inconexos en mi mente, para así poder acabar con todos los que me tuvieron allí retenida. Acabar con t o d o s, empezando por Jean-Claude.


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